Querido y soñado hijo, tengo
miedo, mucho miedo.
Así rompió su silencio y
así mismo volvió a enmudecer, mientras pensaba en el mundo, no el mundo que día
a día se muestra en los periódicos y en la televisión, tampoco el que con sus
ojos debe evitar para no sentirse inhumano o insensible cada vez que sale a la
calle; pensaba en el mundo que a veces también evita ver, porque a veces es más
fácil solo respirar y dejarse mecer por la marea, dejarse mover de un lado para
otro por el viento y que pasen las cosas como tengas que pasar, como ellas
quieran que se sucedan; pensaba en ese mundo que suele olvidar y que debe
conquistar antes que cualquier otra cosa, mucho antes de lanzarse a las calles
con lanza y grito en mano. El mundo que está en sí mismo.
Luego de eso vino el
temblor en su cuerpo, llegaron los recuerdos y finalmente aparecieron las
lágrimas en sus ojos, una detrás de otra lanzándose al vacío, deslizándose
sobre sus mejillas; aparecieron y parecía que no se fueran a ir jamás, como si
su misión consistiera en crear un río entre sus ojos y su boca.
Hace muchos años que vengo
posponiendo ser quien debo ser, hacer lo que debo hacer, pero ahora que has
llegado tu, ese llamado se ha intensificado, siento la necesidad de
encontrarme, de dejar de buscar excusas para enfrentarme con mi miedo, para
mirarlo fijamente a los ojos y decirle que puede buscar otro cuerpo, puede
buscar otro lugar, porque acá no hay lugar para nadie más. Solo tu mamá, tu y
yo, creciendo, caminando, explorando los caminos que esta tierra tiene para
nosotros.
Querido y soñado hijo, no
tengo miedo.
Así volvió a hablar luego
del llanto y la culpa. Así comenzó su despertar.