Querido hijo, pasan los meses y ya tienes 1 año. Son tantas las cosas que pasan en tu cuerpo, tantos los cambios que sufres constantemente. Por ejemplo, por estos días andas desafiando a la gravedad y tu cola y tus piernas tratan de lograr la gran proeza de levantarse del suelo y mantenerse elevadas la mayor cantidad de segundos posibles; tus dientes están seguros de poder cortarlo todo, sea comida o sea simplemente un dedo (de papá o mamá); tus ojos saben que hay un mundo por descubrir y por eso permanecen bien abiertos a la espera de que aparezca en su camino alguna luz que titile o simplemente algún resto de comida o de basura en el piso que merezca ser probado por tu boca; tu garganta sabe que no está sola, ha encontrado las cuerdas vocales y por eso es bastante frecuente que demuestre la felicidad que esto le produce con gritos, palabras y carcajadas (también llantos).
Todo esto me hace pensar en lo maravillosa que es la vida, en el gran milagro de la existencia, en la conquista de nuestros sentidos y de nuestro cuerpo, pero también me hace preguntarme en qué momento nos olvidamos que esa conquista puede y debe ser constante, porque hay millones de sabores, olores, paisajes, obstáculos que desconocemos y desconoceremos. En qué momento "el conquistador se volvió esclavo de lo que conquistó" y comenzamos a preocuparnos más porque el espejo no revele las marcas de nuestro paso por la vida. En qué momento la vanidad nos tomó como sus rehenes (o nosotros a ella). En qué momento nos comenzó a generar intranquilidad el hecho de pensarnos a nosotros en el futuro, olvidándonos de nosotros hoy. Por qué sentimos que los años pesan, que son una carga y nos resistimos a simple y llanamente vivir. Por qué repudiamos tanto la guerra que se libra afuera con armas y tóxicos, pero libramos internamente terribles y violentas cruzadas que nos deprimen, que deforman nuestros cuerpos, que nos convierten en seres tan violentos como esos de la televisión, los periódicos e internet. Por qué queremos ayudar siempre al otro y nos olvidamos de ayudarnos a nosotros mismos.
Querido hijo, pasan los meses y ya tienes un año, no paras de crecer. Espero que con el paso de los días, de los meses y de los años este crecimiento físico y mental no se detenga, porque como lo dijo alguna vez alguien: "soy del tamaño de lo que veo", y con tantas maravillas que hay por descubrir y redescubrir, sería una pena dejar de hacerlo. Sigamos creciendo juntos.